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Parece ser esencial una reflexión sobre la madurez afectiva de los candidatos, pero incluso de los hermanos ya profesos, recordando que también respecto al equilibrio afectivo nada se puede dar por descontado o adquirido definitivamente.

Por lo tanto, se trata de ayudar a la conciencia de cada hermano a propósito de esta dimensión importante de nuestra vida y sobre todo de crear (antes de que lleguen períodos difíciles) la costumbre de confrontarse con personas expertas y prudentes también a propósito de estos temas, con la posibilidad de acudir a sanas relaciones de ayuda que pueden ser activadas en el momento de necesidad. En efecto, en este campo, quizás aún más que en otros, es muy difícil para uno solo salir de las dificultades y se necesita la ayuda de alguien confiable y competente.

A propósito del aspecto propiamente sexual, que no siempre tiene que ver con un gran enamoramiento, se trata quizás de recuperar también la atención a la dimensión ascética y a la capacidad de renuncia que, aunque no es suficiente, de todos modos, es necesaria para vivir el voto de castidad. También a este respecto se debería ayudar a contrarrestar una cultura del “todo es lícito siempre”.

Lo dicho precedentemente puede completarse, en casos singulares, aunque no siempre, con el tema más amplio de las “dependencias”, entendiendo con este término el hábito a la adicción y a la esclavitud, psicológico y quizás también físico, respecto a sustancias, costumbres, comportamientos nocivos…

[Una] propuesta de ayuda en nuestras fraternidades debería provenir de los hermanos cuando se dan cuenta del problema, y en especial, del Guardián. A veces sin embargo asistimos a situaciones en que los hermanos o no se dan cuenta en absoluto de las dependencias que afligen a un hermano, o, si son conscientes de ello, las justifican como “costumbres raras” o “características personales”. No pocas veces cuando los problemas de un hermano lo llevan a pedir su retiro de la Orden, sucede que los miembros de su fraternidad afirman que no se habían dado cuenta de nada. Esto es cierto no sólo en el caso de las dependencias (que quizás menos a menudo llevan a pedir el retiro de la Orden), pero también en los casos de implicaciones afectivas con otras personas, de que hemos hablado antes.

En ambos casos, sea cuando no se dan cuenta o cuando se justifica lo injustificable, parece saltar una especie de complicidad que nace de un concepto erróneo de discreción que podría en realidad camuflar, a lo mejor inconscientemente, la pregunta de Caín: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”. A veces surge un falso sentimiento de solidaridad en virtud del cual no sólo se justifica al hermano problemático, sino que incluso se lo defiende ante los superiores o ante los demás hermanos, incluso enfrentándose con el que hace ver el problema.

Ciertamente no estamos llamados a ser indiscretos o a ser invasores, pero existe un nivel de implicación fraterna al cual ningún miembro de una fraternidad puede sustraerse. Si uno se da cuenta del problema de un hermano, además de hablar con el interesado, será útil hablar con el responsable de la misma fraternidad, de manera constructiva, pero como forma de ayuda al hermano. Todo esto nos lleva, por lo demás, a un clima/un estilo fraterno que debemos promover y cultivar en nuestras comunidades. 

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